Cuento: Mis Crisis
Había una vez un cuerpo que guardaba un secreto rítmico. Técnicamente, los médicos la llaman mioclonía, una palabra técnica y fría para describir el rastro que la Cerebelitis Autoinmune había dejado grabado en mis nervios. Pero para mí, no era un término médico; era una visita puntual y misteriosa que llegaba, sin falta, dos veces al día.
El ritual siempre era el mismo. Aparecía en la calma que sigue al almuerzo o en la penumbra que precede al sueño. No enviaba advertencias; simplemente, el lado derecho de mi rostro cobraba vida propia. Mi mandíbula y mi sien comenzaban una danza involuntaria, un pulso que solo yo podía sentir desde adentro.
En esos momentos, el tiempo se bifurcaba. Si tenía suerte, la crisis era un suspiro de diez minutos; otras veces, el baile se prolongaba por veinte, habitando mi rostro como un huésped que no se quiere marchar.
Para el resto del mundo, yo seguía siendo el mismo. Mi lucha era un fantasma imperceptible. Nadie notaba el sismo interno que recorría mi piel, así que tuve que inventar una señal, un código secreto para avisar que, en ese instante, mi cuerpo no me pertenecía del todo.
Aprendí que la mejor forma de enfrentar al visitante era la entrega. Al sentir el primer movimiento, cerraba los ojos con suavidad. En esa oscuridad voluntaria, el proceso parecía entender que ya lo había aceptado, y entonces, se apresuraba a terminar.
Sé que estas crisis no son algo que se pueda borrar como una mancha de tinta; son parte de mi historia. No se curan, pero hemos aprendido a convivir. Yo les doy su espacio dos veces al día, y a cambio, ellas me permiten seguir siendo el dueño del resto de mis horas.
Esperaré la siguiente.
¡Disfruta la vida!
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